Patricia sintió que se le encendía la garganta.
—¿Un patito? —sonrió, intentando que no se le quebrara la voz.
Mateo apretó el patito.
—Hace cuac —dijo, y se rió. Una risa real.
Sebastián se llevó la mano a la boca, como si esa risa fuera lo único que necesitaba para seguir viviendo.
Patricia se agachó al nivel de Mateo.
—¿Sabes qué significa esto, Teo?
Mateo la miró.
—Que ya no tengo que callarme.
Patricia asintió, con los ojos brillosos.
—Exacto.
Y en ese instante, sin discursos grandes ni milagros imposibles, el final feliz se sintió verdadero: no porque borrara el horror, sino porque lo vencía con algo simple y poderoso.
Una voz.
Un niño que ya no estaba solo.
Y un futuro que, por fin, podía sonar como debería sonar la voz de un niño de siete años: clara, viva y libre.