—Brindo por mi hijo —dijo—. Por el niño que tuvo más valor que todos los adultos en aquella hacienda.
Diego miró a Sofía, luego a su papá.
—Yo no quería ser valiente —admitió—. Yo solo quería estar bien.
Ricardo le apretó la mano.
—Y lo vas a estar. Te lo prometo… de verdad.
Diego sonrió. Una sonrisa completa, sin pedir permiso.
Y en ese instante, aunque el pasado no desapareció, algo quedó claro: la vida no le había dado a Diego una boda perfecta.
Le había dado algo mejor.
Un padre despierto.
Un hogar seguro.
Y la certeza de que, cuando te atreves a hablar, incluso el silencio más viejo puede romperse… y dejar entrar la luz.