Un pequeño suspiro.
—¡Envíen una ambulancia! —gritó Nolan—. ¡Necesitamos una ambulancia! ¡Un recién nacido en estado crítico, ahora mismo!
La estación se puso en marcha de inmediato.
Con delicadeza, sacó al bebé de la bolsa. La piel del niño estaba fría, demasiado fría, pero aún estaba vivo.
La chica le agarró la manga, temblando.
—Lo intenté —exclamó entre lágrimas—. Usé toallas… Le froté las manos… Intenté darle agua… pero no despertaba…
—Hiciste exactamente lo correcto —dijo Nolan con firmeza—. Lo salvaste.
La ambulancia llegó en cuestión de minutos.
Los paramédicos llegaron rápidamente, envolvieron al bebé en mantas térmicas y le administraron oxígeno.
“Él sigue con nosotros”, dijo uno de ellos. “Ahora nos vamos”.
Mientras lo sacaban, la niña intentó seguirlos.
—Ella viene con nosotros —dijo Nolan de inmediato.
Dentro de la ambulancia, Nolan se sentó a su lado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
“Maisie.”
“¿Y tu hermano?”
—Rowan —susurró—. Yo le puse ese nombre.
Nolan asintió levemente.
“¿Cuántos años tiene él?”
Maisie negó con la cabeza. “Acaba de llegar… hace unos días”.
Poco a poco, su historia se fue revelando.
Su madre había dado a luz en casa.
No hay médico.
Ninguna ayuda.
Solo Maisie.
—Traje toallas —dijo—. Y un cuenco… Mamá estaba gritando… luego salió él… pero no lloró mucho…
El pecho de Nolan se oprimió.
“¿Dónde está tu madre ahora?”