La pregunta no tenía sentido. Sophie disfrutaba mucho quedándose con nosotros. Mi hija, Catherine, la había dejado a nuestro cuidado mientras atendía una emergencia en el hospital. Todo parecía normal.
Hasta ahora.
—¿Por qué? —pregunté con suavidad.
Tragó saliva con dificultad.
—Anoche oí hablar a la abuela —susurró.
Un escalofrío me recorrió el pecho.
“¿Hablando con quién?”
“Por teléfono. Después de que te acostaste.”
Intenté restarle importancia; Margaret solía hablar hasta tarde. Pero la expresión de Sophie me hizo detenerme.
“¿Qué dijo ella?”
Sophie vaciló, como si supiera que decirlo en voz alta rompería algo.
—Estaba hablando de dinero —dijo en voz baja—. Mucho dinero.
Sentí un nudo en el estómago.
Entonces llegó la frase que lo cambió todo.
“Ella dijo… ‘Cuando él se vaya, todo será mío’”.
Dejé de respirar.
Los ojos de Sophie se llenaron de lágrimas.
“Y dijo que lo haría parecer natural. Que nadie sospecharía nada.”
Apreté con fuerza las manos alrededor del volante.
Quería convencerme de que ella lo había malinterpretado. Que era una broma. Que Margaret jamás…
Pero entonces Sophie susurró la última frase:
“Te llamó… el viejo tonto.”
Y ella se rió.
Una risa horrible.
En ese momento, la negación comenzó a resquebrajarse.
Porque de repente, cosas que había ignorado empezaron a encajar.
Margaret me hizo preguntas detalladas sobre mi seguro de vida.
Me están presionando para que actualice mi testamento.
Las “vitaminas” que insistía en que tomara me provocaban mareos, náuseas y debilidad.
Su creciente distanciamiento. Su frialdad.