La escuché mientras bajaba las escaleras.
Mediante micrófonos ocultos, la policía lo escuchó todo.
—Ya casi está listo —susurró.
—¿Qué tan débil está? —preguntó el médico.
“Apenas puede mantenerse en pie”, dijo ella.
Entonces:
“Estoy duplicando la dosis.”
Y finalmente:
“Para el lunes seré viuda.”
Ella se rió.
La misma risa que Sophie había descrito.
Eso era todo lo que la policía necesitaba.
Llegaron al amanecer.
Margaret abrió la puerta, confundida.
Entonces me vio… de pie, con vida.
Su rostro cambió al instante.
Choque.
Luego, la rabia.
—Lo sabías —dijo ella.
Sophie estaba a mi lado.
La expresión de Margaret se torció.
—Ese mocoso me oyó —espetó.
Algo dentro de mí se endureció.
—Sophie me salvó la vida —dije con calma.
Margaret gritó mientras se la llevaban.
No por miedo.
Enfadado.
Porque la habían detenido.
El juicio fue rápido.
Las pruebas eran abrumadoras: grabaciones, pastillas envenenadas, registros financieros.
Fue condenada a cadena perpetua.
Mi médico pasó décadas en prisión.
Pero las verdaderas consecuencias no se produjeron en la sala del tribunal.
Fue el silencio.
El espacio vacío a mi lado por la noche.
Darme cuenta de que la persona en la que más confiaba había estado planeando mi muerte.
Sophie también tuvo dificultades.
Ella tenía pesadillas.
Ella se cuestionó a sí misma.
“¿Y si no te lo hubiera contado?”, preguntó una vez.
La abracé con fuerza.
—Pero sí lo hiciste —dije.
“Y eso fue lo que me salvó.”
Poco a poco, la vida se reconstruyó.
Aseguré mis finanzas.
Cambié mi testamento.
Protegí todo para Catherine y Sophie.